La Academia Nacional de Medicina de Buenos Aires 1822-1972
La Academia Nacional de Medicina de Buenos Aires 1972-1999
de Marcial I. Quiroga
  Este segundo libro referido a la Historia de la Academia Nacional de Medicina de Buenos Aires entre los años 1972-1999, aspira a continuar el primero inaugural y homólogo que en 1972 en forma magistral presentó el Académico y Presidente de Honor Marcial I. Quiroga, en ocasión del 150º aniversario de la creación de la Academia.

Obra fundamental y de excepción que su pluma privilegiada cubrió tan vasto período y con el referente histórico nacional dentro del cual se desarrolló su acontecer.

Nuestra tentativa de continuar la obra del Doctor Quiroga servirá, anónimamente, como enlace entre aquel pasado y este presente y dejará sus páginas abiertas hacia el futuro de la H. Academia que, venturosamente, será escrita por nuestros sucesores.

Hemos optado por presentar esta Historia de la H. Academia en los últimos 26 años como el relato de un "presente continuo de acontecimientos, sucesos y labor innúmera sin pausa".

Mostrar a la H. Academia y sus Institutos en vigencia múltiple y diversa como un "organismo vivo" acorde con la alta misión médica que posee.

Las fechas, la precisión de datos son solamente puntos de partida. Importan los hombres y sus nombres desde el sitial de la Presidencia a los renovados sitiales académicos que suman la representatividad académica y su significación.

Todo esto debe estar presentado a través de un "Organigrama Funcional" que abarque en totalidad la Academia y sus Institutos y los "anexos": Administración, Biblioteca, Documentación, Publicaciones, etc.

Porque entonces esos testimonios dan la "Presencia Académica" en significación plena, dentro de sí misma y proyectada como la Entidad máxima de la medicina argentina en el mundo de las ciencias.

A continuación se transcriben algunos fragmentos del libro:

INTRODUCCIÓN. ACONTECER DE LAS ACADEMIAS

La Medicina como Ciencia (pág. 22-26)

Las Academias de Medicina tienen, en Occidente, una historia de cuatro siglos. Desde el comienzo del notable siglo XVII cuando aparece en plenitud definitiva el mundo de las Ciencias en multitud de disciplinas con figuras notables. Es desde su inicio un pensamiento científico creador y revelador, sustituyendo el pensamiento especulativo a partir del "filo de la navaja" de Occam.

Cien años que confirman y suman las diversas disciplinas científicas; (el "saber nuevo"), a las cuales se incorpora la Medicina como "Ciencia Médica"; como la "Ciencia del hombre para el hombre".

Aquellos hombres fueron también "hombres nuevos" que, al modo como los "Maestros de Obra" que alzaron las agujas góticas, son los "Maestros Fundadores" de la Ciencia Occidental, del pensamiento investigador y experimental sustituyendo para siempre el saber especulativo que ya había caído bajo el "filo de la navaja".

Tal siglo es casi incontable en sucesos y descubrimientos y subsiguen a aquella razón siempre vuelta sobre si misma a partir de San Anselmo y que concluye cuando se agota la eterna cuestión de los "Universales" y el "Nominalismo". Entre este mundo mental (durante siglos), y el mundo científico inaugural solamente se interpone la tregua del Renacimiento que impuso el retorno fugaz de la erudición latina.

Diríamos: de Roger Bacon de Oxford a Francis Bacon de London. Aquel con la "Opus Maius"; éste con la "Instauratia Magna". Una corta distancia entre Oxford y London que tardó tres siglos en ser recorrida. Fue el segundo Bacon quien señaló la inicial dicotomía entre religión y ciencia porque aquella celaba del saber.

Los primeros científicos (basta citar: Galileo, Descartes, Newton, Harvey) se conocieron, se encontraron, se reunieron, intercambiaron conocimientos, se agruparon, se unieron silenciosos con el quinqué en los hogares, con la luz de la luna en noches interminables. Se los llamó "los hombres invisibles".

Así un largo tiempo. Pero como todo sazona y madura, las ya Reuniones se formalizaron en Academias, muchas!, pero vigentes en todos los países europeos, hasta Rusia. La Ciencia tiene también la catedral del saber. Pero así como la aguja gótica apunta al mundo celestial, las Academias edifican su casa bajo aquella cúpula, ámbito cóncavo como para asumirla en la totalidad de su significado. Como si en ella estuviera interpretado del más espléndido modo el espíritu de la Medicina.

También el siglo XVII anticipa, pre-augural, el "Siglo del Despotismo" Ilustrado cuyo espíritu secular inician los reyes lectores de Hobbes y de Hume. Ellos auspician y dan las ordenanzas que formalizan el nacimiento oficial de las Academias.

No sé si la primera fue la de Padova o la Academia "dei Lincei" (1603) seguida por la Academia del Cimento (1666) en Roma, la "Royal Society de Londres" (1662), la "Societas Regia Scintiarum"(1700), "L'Académie des Sciences", luego "Academia Prusiana" (1666), "La Escuela Anatómica Francesa" (1630), etc. hasta la ocurrencia del "Primer Congreso Médico" en Roma en 1681.

Y a poco, la aparición de Publicaciones científicas regulares. La primera es el "Journal des Savants", de "L'Académie Royale des Sciences", los "Philosophical transactions" de la Royal Society, el "Giornale dei Letterati", las "Actas Eruditorum" de Leipzig, el "Journal de Medicine" del abate de la Roque, etc.

La Ciencia Médica de entonces tiene brillo propio. Solamente nos referiremos a destacados protagonistas, clasificación de las enfermedades, Santorio y Santoro y su "Iatro Medicina" y su "Estática Médica"; Harvey y el "de Moto Cordis"; Van Helmont y sus estudios en la digestión; Bellini y la estructura del riñón; Colli y la primera transfusión; Sydenham y la Corea Minor; Juan de Vega, que lleva la quina a Europa, Wirsung y el páncreas; Chamberlain y el invento del fórceps; Glisson y su cápsula; Riolan y su "clasificación de las dermopatías".

Descartes y su "Tratado de Fisiología"; Willis y la poligonal; Warthon, que descubre el tiroides; Malpighi y la anatomía de los tejidos; Silvio y el acueducto. Es así como nace la Ciencia Médica a partir de lo cual surgen las Academias de Medicina; sus herederas para tutela y testimonio de sus valores.

No somos historiadores. Apenas contamos historias como ejemplos de aquel crisol donde hombres preclaros pusieron definitivamente el cimiento memorable de la Ciencia Occidental y los hechos testimonio de Instituciones Científicas que permanecen multiplicadas en todo el mundo.

Porque las Ciencias tienen, además un carácter redentor en cuanto los frutos de sus conocimientos se traducen más tarde o más temprano en bienes físicos o espirituales para la Humanidad (una vacuna salva más vidas que las que destruye una guerra).

De tal genuina matriz la Medicina en su versión académica es más que un espacio sabio, intelectual, erudito. Incluso, al modo de los repositorios, un núcleo ético superior y un deber de exigente cumplimiento.

Y también porque a partir del reconocimiento de su valor representativo es que desde este relato -libro de nuestra Academia- están implícitas las palmas debidas. Porque ella, como sus pares en el mundo entero, contiene y acrecienta la hermosa Memoria Médica. No es necesario añadir más porque, de suyo, toda Academia es ejemplar. Pero sí entender que nada puede ser sostenido sin sustentación.

Las Academias se reconocerán mejor a sí mismas si no olvidan que su construcción, de cimiento a cúpula tardó milenios en construirse. Y seguirán siendo así si son capaces de leer dos palabras que no estén escritas en sus frontispicios: Aletheia, que es Verdad y Areté, que es Virtud.

ADDENDA. La lista es inagotable.

El "Jardín de las plantas Medicinales" en París (1635). La mejor precisión en balanzas y termómetros.

Perfección progresiva del telescopio de 30 aumentos que tenía el de Galileo. La marca en 100º del termómetro de Santorini. La invención de los logaritmos. La geometría analítica de Descartes. El cálculo infinitesimal y la polémica Newton-Leibniz. El barómetro de Tornicelli. El "Gran Teatro Anatómico" en Padova...

Pero hay una figura especial a recordar el abate Mersenne quién, a través de un inmenso tesoro epistolario vincula entre sí a los prominentes científicos entre países exponiendo los testimonios de esa Ciencia que nace incontablemente ya diversificada.

Es en medio de tan maravilloso entorno que la Medicina se convierte en "Ciencia Médica" para continuar sostenida por el sentido ético que recién alcanza a reconocer como testimonio de su tarea primordial: "auxiliar y asistar" que de tan lejos llega...

ADDENDA

Anotamos en síntesis, para no fatigar al lector.

Antecedieron en mucho a las Academias de Ciencias, las de Artes y Danzas (Bolonia, Padova, París y Londres) con la Real Academia Inglesa de Artes y la célebre Biblioteca Ambrosiana (1609) fue la cuna de la Academia de Bellas Artes en 1776!.

Otras Academias de Ciencias fueron la "degli Incamminatti" (1589); la della Crusia (1572) que hizo el primer "Diccionario del idioma" en 1612.

- En 100 años (1558-1648) aparecieron en distintos países más de veintidós Universidades -desde la ruda y batalladora Escocia con Saint Andrew y Aberdeen hasta las de Lima y México antes que la de Harvard (1636)-. Igualmente ocurrió con las llamadas "Escuelas Médicas", sobre todo en Italia, Francia y los Países Bajos.

- Toda Europa está llena de "Herbarios" científicamente clasificados para uso medicinal. Aparece la valeriana, el antimonio, la ipecacuana y la quinina.

- Libarius encarna el paso formal de la Alquimia a la Química con su libro (1604), antecediendo a van Helmont.

- Sorprende saber que Harvey no creía en la "generación espontánea".

- Que Rousset regla la técnica de la operación cesárea aunque nunca la practicó.

- Que recién cuando Malpighi describe los capilares es aceptado por todos el "De motu cordis" de Harvey.

- Que el médico alemán Fludel anticipa en 150 años la vacunación de Jenner.

- Y que es un médico, William Gilbert, quien concibe y estudia el magnetismo terrestre...

El Siglo XVII inicia lo que los Historiadores llaman "La Edad de la Razón". Mi escaso saber me atreve a pensar que, iniciado con Galileo y finalizado con Newton, ha sido el del nacimiento de la Ciencia tal como la entendemos y vivimos hoy y que, en cuanto a médicos encontramos en él a la Medicina definitivamente convertida en Ciencia Médica.

 
     
     
   

GOBIERNO, QUEHACER Y LABOR ACADÉMICA. Segunda parte

Estatuto (pág. 105-106)

     
Nombre, domicilio,
condición y carácter
  Art. 1º - La Academia Nacional de Medicina de Buenos Aires, con domicilio legal en la Capital Federal, es una Corporación de carácter científico, de acuerdo con los propósitos que determinaron su establecimiento en 1822 y constituye una asociación civil, con personería jurídica.
     
Objetivos fundamentales  
  1. Estudiar y dilucidar las cuestiones científicas y técnicas relacionadas con la Medicina y Ciencias conexas.
  2. Evacuar las consultas que le formularen los poderes públicos nacionales, provinciales o municipales, o los que, por la vía jerárquica correspondiente, puedan hacerle las universidades o los Institutos docentes oficiales.
  3. Dedicar preferente atención a los problemas relacionados con la Salud Pública, propulsando todas las actividades que tiendan a su mejoramiento.
  4. Fomentar la investigación científica Argentina en sus múltiples aspectos médicos, estableciendo recompensas o estímulos diversos a los autores de obras o trabajos que versen sobre temas de Medicina o Ciencias Conexas y difundir esa producción científica Nacional, en la medida que lo permitan sus posibilidades.
  5. Intervenir cuando su dictamen sea requerido por los Tribunales o Jurados que se constituyeren para juzgar el mérito de trabajos científicos.
  6. Establecer y mantener relaciones con las instituciones y personas dedicadas al estudio de las ciencias médicas o conexas, en la república o en el extranjero.
  7. Expresar opinión sobre asuntos de interés trascendente, relacionados con las ciencias médicas o conexas o afines.
  8. Fomentar, por todos los medios a su alcance, el culto a la dignidad en el ejercicio profesional y en las actividades científicas de la medicina.
  9. Mantener una tribuna que permita a sus miembros y a personalidades de la ciencia, invitadas, la exposición pública de sus ideas.
  10. Mantener una biblioteca médica para uso de sus miembros y del público, de acuerdo con las normas que fije el Reglamento Interno.

Lo presentamos, así, destacado y en extenso porque constituye y entraña la índole propia, específica del significado y la misión de la H. Academia Nacional de Medicina de Buenos Aires.

Lo señala puntualmente en término de cumplimiento específico en sus artículos. Al par de ineludibles, contienen las obligaciones sustantivas propias de una Academia. Olvidarlas, incumplirlas, significa desconocer la naturaleza específica de una Institución Académica.

Debe ser de consulta permanente, así como la brújula asegura la derrota. Caso contrario fuere cual fuere la desatención, se perderá o equivocará el entender, el comprender, el secular significado cultural y ético que cada Academia asume en su tiempo.

     
     
    Presidentes de la H. Academia Nacional de Medicina de Buenos Aires desde el año 1972 hasta la fecha
     
     
    GOBIERNO, QUEHACER Y LABOR ACADÉMICA. Tercera parte

Consultas que efectúa el Poder Judicial a la Academia Nacional de Medicina (pág. 129)

Las consultas que el Poder Judicial eleva a la Academia Nacional de Medicina deben ser sobre temas genéricos y no sobre casos particulares, ya que la Academia ni sus miembros pueden oficiar como perito médico en cuestiones litigiosas de carácter particular. Debe y puede opinar sobre cuestiones o doctrinas científicas de carácter general donde no estén en juego intereses particulares.

     
     
    LA ACADEMIA ACTUAL (1999)

Del ser académico (pág. 183-184)

Naturalmente, quedan fuera de trato las condiciones esenciales del "ser académico": estudio sin pausa, honor personal, moral privada y pública, ética como complemento de alta conciencia de vida médica. Porque de hecho están inherentes para la aspiración del acceder académico.

Ser Académico es algo así como adquirir una conciencia nueva a través de un máximo sentimiento de honra.

Es como volver a ligarse al compromiso pleno del servicio al deber médico.

Es experimentar un nuevo sentimiento al asumir en acto la totalidad de los imperativos escritos en las filosofías acerca de los rigores de conductas frontales y abiertas en el nuevo menester público que inaugura el título.

Es incorporar nuevos deberes de manera voluntaria y decisiva y feliz de obligaciones implícitas en el máximo ejercicio de la libertad moral que, como el acierto de la flecha en el blanco, ocurrirá siempre a partir del momento en que se decide la elección de la conducta ética. Tal el precio del honor. Tal el precio del deber.

Se vive el acceder académico a modo de una introspección en la propia vida que sorprende al protagonista.

Es experimentar, cabe los años una experiencia inédita; como el entrar en un espacio abierto pero colmado por todas las inquisiciones espirituales e intelectuales de conducta que habrán de rodearnos a partir de entonces.

Es la nueva instancia para un nuevo pensamiento empinado por el saber, el estudio, y las excelencias de la vida médica que, al recibir como de improviso en las manos una medalla y un pergamino consagratorios, implican la exigencia de los nuevos cumplimientos que el título inaugura.

Es entender, poco a poco y como si se alcanzara a imaginar un nuevo ascender espiritual en una atmósfera tan alta y por tanto tan pura. Si alcanzamos a habitarla, no podremos descenderla nunca más.

Es la sensación de un ennoblecimiento cuya heráldica invisible es más categórica que el golpe de la espada en el hombro y más obligatoria que los juramentos solemnes.

Es amar a la Academia al modo de un entendimiento pleno y fervoroso que nos toma al trasponer sus umbrales.

Es como ir al encuentro de actitudes nobles, sustento y sustentadoras del viejo "cum cordis" que nos sostiene el pulso.

Es como inaugurar no otra etapa en la ocurrencia de los días, sino algo así como la "vita nuova" de Dante.

Es una alegría impar, íntima y recoleta que nos acompañará hasta el fin.

Es pensar y recordar de continuo; como si viviéramos en tan hermosa Casa que no tiene ningún lugar para el olvido.

     
     
    NUESTROS PREMIOS NOBEL (pág. 279-284)

Un país, y también a escala mundial, se exalta ante figuras que tienen (o injustamente no reciben ni alcanzan) el reconocimiento unánime ante la adjudicación de un Premio Nobel en las disciplinas científicas.

Impredecible, inimaginable, porque tiene un significado de consagración a una obra que ha insumido una vida entera.

Por eso, es una noticia impar.

La patria vibra con su nombre, sepa mucho, poco o nada de él hasta entonces. Y todos reciben el Premio y lo asumen como algo propio. Cada uno de todos lo coparticipa, se siente parte de él y, emocionalmente, lo hace suyo. Siente un regusto de gloria como si apenas la sombra de la gloria que les alcanza (¡oh, paradoja!), añadiera más luz al sol de ese día. La Patria misma vibra y proclama. La Patria se engrandece. Guardará, conservará y memorará siempre, al modo de un recuerdo, que una vez la alzó a la consideración mundial.

Así, tres veces los argentinos han recibido el Premio Nobel en Ciencias. Nos lo dieron Houssay, Leloir y Milstein.

No se puede ver más allá del Premio Nobel. Es el "acto" único y más puro que tiene la gloria para el estudio, el saber y el ansioso hacer de vidas consagradas al movimiento.

Es como imaginar a alguien como un incansable sembrador en el infinito páramo que abarca la inmensidad de lo ignorado y que, además, hubiera sembrado sin esperar cosecha alguna. Porque una vez el desierto fue mar y porque los mares terminaron en desiertos. Es, de tal modo, como pensar la aventura del genio.

Hay una hazaña y un heroísmo en quien parte de una pregunta y, alcance o no la respuesta, ya ha sido respondido al ser misionero de sí mismo hacia la más maravillosa meta que tiene el hombre: su necesidad de conocer y de saber.

La lectura de la naturaleza es infinita. Nosotros, no. Pero los setenta mil millones de hombres que han existido hasta hoy jamás pudieron saber que cuanto son y cuanto tienen lo deben infinitamente a muy pocos. Y que en la maravillosa historia de la ciencia están los que inventaron el fuego en la oquedad de la caverna y la espléndida perplejidad de ver el rodar la piedra de granito como una forma inédita hasta entonces.

Pedimos perdón por escribir así. ¿Por qué?: ex-profeso. ¿Teníamos, en cambio, que volver a usar las gastadas palabras que degradan los monederos falsos del lenguaje y escribir "gloria", "honor", "genio", "sabio", "digno", "maestro"? - No - Y nunca para Houssay, Leloir y Milstein.

Todos nosotros hemos conocido cabalmente a Houssay y a Leloir. Apenas, casi nada, a Milstein, aquí.

Hemos convivido con ellos. Hemos estado en sus lugares de trabajo. Hemos sido, casi todos, discípulos de Houssay. Los hemos tenido en la Academia. Desde sus principales colaboradores: Braun Menéndez, Fasciolo, Orías, Taquini, Foglia, del Castillo, Lanari.

Bernardo Alberto Houssay

Houssay, su vida y su producción científica y la de sus discípulos bajo su orientación ha sido cabal y totalmente contada, escrita y documentada punto por punto. Inició y cerró la época más espléndida de la investigación básica en las ciencias médicas. Creó la escuela científica argentina en medicina con la investigación básica.

Su docencia estaba mucho más allá de la Cátedra. Era cotidiana, continua, día a día su propia labor y la tutela sobre la de sus discípulos. Enseñó métodos, estudios originales, técnicas, teorías y prácticas quirúrgicas e instrumentales. Enseñó a pensar. Formó equipos de investigación. Tuvo discípulos impares. De inmensa dignidad, sufrió indignidades, odios, rencores, injusticias, despotismos y destierro en su propia patria. Pero permaneció inmutable. Como un relojero de palacio, todos los días hasta el fin, puso en hora su tarea cualquiera el lugar y el desamparo. Lo echaron y volvió y partió después, definitivamente, cuando ya no se consideró necesario.

Reivindicado y honrado, nunca necesitó de lo uno ni de lo otro. Pero fue justicia y habrá dado paz a su espíritu. Él continuaba su labor en esa pequeña casa de Costa Rica y Julián Alvarez, de dos magros pisos, que muchos frecuentábamos en sus ateneos semanales. Allí creó el "Instituto de Biología y Medicina Experimental" (tantas palabras que no alcanzaban a escribirse sobre la estrecha puerta de esa casa), luego convertido en lo que actualmente es.

Y Houssay murió cuando ya podía ver, plenamente, la cosecha de aquel desierto en que había comenzado a sembrar, acompañado por su sombra.

Queda a perpetuidad convertido en un hermoso y ejemplar recuerdo en la Argentina.

Cada vez que lo nombremos debemos sentirlo a nuestro lado como un testigo del porvenir que señaló para su cumplimiento y que debemos alcanzar.

Luis Federico Leloir

El segundo honor argentino en ciencia. De médico a químico. E investigador en este intrincamiento de dificultades casi inabordables y décadas sumadas, hasta que pusieron en sus manos el Premio Nobel de Química.

También nosotros lo conocimos y tratamos.

Acaso solamente para venir a nuestra Casa se quitaba su guardapolvo gris.

Discípulo y luego par de Houssay, estuvieron siempre juntos.

Leloir fue "un ser" sereno, silencioso, parco, sensible y recoleto como un franciscano.

Pareciera que hubiera vivido para ser testigo distante de toda baraúnda inútil, de máscaras de vanagloria, como un íntimo burlador de vanidades. Su soledad y aislamiento públicos fueron, justamente, la escueta medida que enfrenta lo genuino y auténtico con el estrépito y el resplandor de candilejas que alumbran las vanidades de las vidas inútiles.

Leloir tenía un inmenso valor ético, tan natural que no necesitó de formulaciones porque le fue vivencial.

Con aquel guardapolvo gris lo vimos innumerables veces en su solitario y pequeño ambiente en el Instituto de Fisiología. Junto a su mesa de trabajo, el sofá de cuero desvencijado en el que reposaba en su tiempo de trabajo, de la mañana a la noche. Días, meses, años, décadas hasta el fin de su vida.

Con ese guardapolvo con zurcidos, como si fuera una armadura de caballero de heroísmos secretos, en la Fundación Campomar recibió la bulla estrepitosa del periodismo que descubrió que existía un tal doctor Leloir que tenía en las manos la noticia del "Premio Nobel" en Química por sus estudios de "algo así como nucleótidos". Fue en 1970.

No aceptó ningún homenaje, ni un acto académico en su honor por sus pares, aun privado.

Al día siguiente de los titulares en los periódicos, estaba trabajando en el laboratorio como todos los días. Y así, hasta el final de su vida.

Siempre mantuvo escondido su genio de investigador, su obra científica original publicada en las revistas científicas de todo el mundo, que le dio renombre internacional.

En Oxford (creo), en semejante "claustro" y en el ambiente personal en que vivía, el fuego de los leños para calentar el invierno dejaba en su guardapolvo la marca del calor. Y así era señalado o distinguido en los dos sentidos de la palabra.

Pedimos perdón si cometemos falta de mesura. Pero es que tales testimonios, que tantos conocían, forman parte de esa vida en entrega total al estudio y a la investigación que insumió la vida entera de Leloir.

Compartió con Houssay el éxodo de la Universidad y encontró su nuevo lugar en la "Fundación Campomar", donde continuó su labor junto a discípulos distinguidos que hoy continúan sus trabajos y honran a su maestro con méritos propios.

César Milstein

Es el tercer honor para la Argentina. Porque en ella nació. Debió, ¡debió! buscar otros horizontes para continuar su brillante obra científica iniciada en el Instituto Malbrán, que tuvo que abandonar ya que "el azar y la contingencia", como contó Demócrito, a veces presiden la vida del hombre.

En Inglaterra encontró su destino y su lugar y el ambiente para continuar sus investigaciones.

Allí alcanzó el Premio Nobel, por propio y exclusivo talento científico. Y, con él, honró a su patria nativa.

La Argentina lo reconoce como hijo propio que le es. Con él, triplicó el honor de que tenga tres Premios Nobel en su Historia y en la Historia de la Ciencia Argentina.

Ni Houssay, ni Leloir, ni Milstein necesitan que les escriban las "Vidas Paralelas" al modo de Plutarco.

Fueron ellos mismos que escribieron sus vidas en auténticos testimonios. Porque vivieron vidas verdaderas, genuinas, auténticas, intrínsecamente nobles. Al punto que el Premio Nobel que recibieron no fue para cada uno de ellos más que un Episodio; solamente una Hora emergente que añadió nada más que un momento más brillante.

     
     
    DIRECCIÓN DE PUBLICACIONES DE LA ACADEMIA NACIONAL DE MEDICINA

Boletín (pag. 363-364; 367-373)

El "Boletín" de la H. Academia constituye y es el testimonio único, el más valioso del acontecer total, inmenso, infinitamente múltiple, variable, casi incontable de la Institución. Es el Registro de la H. Academia en su quehacer cotidiano, año tras año; increíble hasta ser comprobado. Es la "Summa"; lo contiene todo.

La Academia Nacional de Medicina de Buenos Aires, cuenta desde el 13 de noviembre de 1917 con este órgano oficial, denominado "Boletín de la Academia de Medicina de Buenos Aires", que revivió el que fuera inaugurado por Don Manuel Moreno en 1823 con el título de ANALES.

En la portada de los anales figura la leyenda "ATQUE INTER SYLVAS ACADEMI QUARERE VERUM" (buscar en los jardines de Academo la verdad), que hoy vemos coronando el sello oficial de nuestra Institución.