La Academia Nacional de Medicina de Buenos Aires 1822-1972
La Academia Nacional de Medicina de Buenos Aires 1822-1972
de Marcial I. Quiroga
 

"La Academia Nacional de Medicina de Buenos Aires, nace a poca distancia del amanecer de la patria. Sólo doce años la separan del movimiento de Mayo y apenas seis de la declaración de nuestra Independencia.

Su historia se inicia a la par que la enseñanza universitaria de la medicina en el país, y durante varios decenios fue su institución rectora.

Presenta períodos de febril actividad de marcada gravitación en el progreso científico nacional con intervalos de receso impuestos por las vicisitudes políticas; incomprensión de gobernantes; atentados contra la cultura; dificultades económicas o momentos de reestructuración académica; eclipses, a veces prolongados, que no hicieron sino robustecer cada vez más sus hondas raíces para su ulterior florecimiento.

Figuras prominentes de la medicina y las ciencias naturales ocuparon sus sitiales, destacados maestros en la docencia y sabios investigadores alternaron en ella con otros que, junto a la disciplina hipocrática brillaron en las lides parlamentarias, sufrieron persecuciones, intervinieron en la organización nacional o dejaron páginas perdurables en las letras argentinas.

Por eso la historia de nuestra Academia de Medicina está íntimamente ligada a la historia patria y muchos de los ilustres varones que la constituyeron fueron también sacrificados patriotas que murieron pobres y olvidados en el destierro, o perdieron la vida cumpliendo con su deber en los campos de batalla, o víctimas de las graves epidemias que en el siglo pasado asolaron al país.

Todos los historiadores de la medicina argentina le han dedicado capítulos ilustrativos sobre sus diversas épocas. Tras pacientes investigaciones se ha revelado también la vida y la obra de personajes que a ella pertenecieron, injustamente olvidados en los archivos y repositorios oficiales y privados.

A Juan María Gutiérrez (1809-1878), Nicanor Albarellos (1810-1891), Pedro Mallo (1837-1899), Félix Garzón Maceda (1867-1931), Eliseo Cantón (1861-1931), Marcelino Herrera Vegas (1870-1958), Juan Ramón Beltrán (1894-1947), por no citar sino a los ya desaparecidos, debemos agradecer aportes de significativo valor en este campo.

Tales publicaciones, dispersas o limitadas sólo a una determinada época; el esclarecimiento de episodios no bien conocidos; así como los móviles que modificaron sus diversas estructuras estatutarias y todo lo que hace a su historia y al conocimiento de la larga y honrosa lista de académicos que la compusieron desde su fundación, en 1822, hasta la fecha, merecían a nuestro juicio, ser reunidos en un volumen que atestiguara su elevada jerarquía y facilitara como punto de partida futuras investigaciones.

Con tal finalidad y, en especial, para honrar a la ilustre Corporación emprendimos la tarea. Esta obra, que está muy lejos de ser exhaustiva y empañada sin dada por muchas e involuntarias omisiones, sólo aspira a que el académico de hoy y de mañana y los estudiosos de nuestra cultura encuentren en ella información y referencias de utilidad para el mejor conocimiento de la medicina argentina y de quienes le dieron brillo con el sacrificio, el estudio y el amor a la patria y a la Institución.

En el desarrollo de esta obra hemos seguido el orden lógico correspondiente a sus diferentes períodos.

I. El primero es el de su creación. Breve pero rico en sugestiones históricas. Proficuo y elocuente en este amanecer científico del país. En él actuaron los próceres de la medicina argentina. Se extiende desde el 18 de abril de 1822, fecha de su instalación por decreto del 9 de abril de ese año, hasta fines de 1824 en que desaparece toda señal de actividad académica.

II. El segundo corresponde al de su reimplantación después de Caseros. Coincide con las agitadas luchas por la organización nacional. Etapa de nuestra historia que volcó toda la preocupación de los hombres de Estado en la unión de las provincias hermanas para alcanzar la tan ansiada conciliación.

Después de la caída de Rosas tócale al gobierno de los López ocuparse de organizar la enseñanza superior en sus diversos aspectos. Un decreto de fecha 15 de abril de 1852 considera la necesidad urgente de "atender las Aulas de Medicina". A tal fin se designan los profesores, horarios de clases y obligaciones de las estudiantes, quedando la Escuela de Medicina hasta tanto no reciba la organización definitiva de Facultad "completamente" separada de la Universidad. Nada se dice en este decreto de la Academia de Medicina.

Es recién durante el gobierno del general Manuel Pinto y su ministro Valentín Alsina que por decreto del 29 de octubre de 1852, el cuerpo médico queda dividido en tres secciones a saber: Facultad de Medicina, Consejo de Higiene Pública, Academia de Medicina; se inicia así, para ésta, el segundo período o de reimplantación de nuestra Academia bajo la presidencia del doctor Francisco de Paula Rivero.

Por el artículo 11, Sección 3ª del mencionado decreto "queda restablecida la Academia, creada en 1822". Su objeto en general es "el adelantamiento de la medicina y de sus ciencias auxiliares". Por el artículo 12 "son miembros natos de la misma todos los facultativos que compongan hoy la Facultad y el Consejo de Higiene".

El 10 de marzo de 1856 un nuevo decreto firmado por el gobernador Llavallol y su ministro Valentín Alsina insiste en la reimplantación académica, "estando todavía sin llevarse a efecto los artículos 11, 12 y 13 relativos al establecimiento de la Academia de Medicina, etc....".

Pero, a pesar de los esfuerzos de su nuevo presidente, el doctor Pedro Rojas, la Institución no prosperaba debido, al parecer, al número excesivo de sus componentes, y un nuevo decreto del 4 de agosto de 1856, la reduce a treinta para facilitar sus reuniones. Desde este momento, en que tampoco la Academia logró constituirse, ya al final de 1857, nos ha quedado la lista de académicos y los Estatutos que firman su presidente Pedro Rojas y el secretario interino doctor Luis María Drago.

Un nuevo decreto, del 19 de setiembre de 1857, firmado por Alsina y José Barros Pazos reduce a veintitrés el número de miembros y permite algunas reuniones en los últimos meses de ese año y enero del 58, cerrándose así esta segunda etapa, 1852-1858, en que cuatro decretos lograron sólo dar vida efímera a nuestra Corporación, con limitada actividad, por primera vez aquí consignada y que hemos encontrado en los anuncios del diario El Nacional.

III. El tercer período que llamamos universitario-directivo, por la participación en la dirección de los estudios médicos, se inicia con el decreto del 28 de mayo de 1874, firmado por el gobernador Mariano Acosta y su ministro Amancio Alcorta, por el cual los académicos titulares componían un organismo universitario (Artículo 1°) con funciones técnicas y docentes que mantuvo hasta la reforma estatutaria de 1906. En estas actividades vinculadas a la docencia duró treinta y dos años.

IV. El cuarto período, o de reforma, se inicia en 1908 después de la modificación del Estatuto Universitario y de la creación de los Consejos directivos constituidos por profesores titulares y suplentes en actividad. La Academia cesa en sus funciones directivas, aunque permanece, desde 1908, anexada a la Facultad de Medicina como ente asesor de la misma, hasta 1925, en que se desliga de esa casa de estudios para iniciar la etapa siguiente. Este cuarto período comienza con el decreto firmado por el presidente de la Nación, doctor José Figueroa Alcorta y su ministro, Federico Pinedo.

V. El quinto período corresponde al de su autonomía. El estatuto universitario, aprobado por el P.E. el 19 de octubre de 1923, separa de la Universidad a las Academias y procede a organizarlas como entidades autónomas. Por decreto del 3 de febrero de 1925, firmado por el presidente, doctor Marcelo T. de Alvear y su ministro, doctor Antonio Sagarna, así se dispone. Esta etapa que dura hasta 1952, junto con la anterior (1908-1952), constituye la más prolongada y de mayores realizaciones en su larga trayectoria.

En 1952, por la Ley nacional Nº 14.007 y el decreto reglamentario, del 30 de setiembre de 1952, que limitaba la edad de los académicos a sesenta años, seguido de la renuncia de todos aquellos a quienes no alcanzaba tan absurda limitación, provocó un nuevo receso que finalizó al iniciarse el gobierno de la Revolución Libertadora del 16 de setiembre de 1955, por el decreto-ley 4.362 del 30 de noviembre de ese año, que restablece las Academias, iniciándose el sexto período o de reinstalación que llega a la actualidad.

Estos seis períodos serán desarrollados y considerados en el transcurso de esta obra consignándose en lo posible la bibliografía y las fuentes de información utilizada; para la misma.

Al final de cada período dedícase especial atención biográfica a cada uno de los Presidentes de Honor que lo fueron en su época: Bernardino Rivadavia, Juan José Montes de Oca, Eliseo Cantón, Marcelino Herrera Vegas y Mariano R. Castex. De los tres últimos se han ocupado a nuestro pedido, respectivamente, los académicos David E. Nölting, Julio V. Uriburu y Egidio S. Mazzei, a quienes dejo aquí constancia de mi agradecimiento por su valiosa colaboración.

A continuación nos ocupamos de los institutos asistenciales y de investigación dependientes o administrados por la Academia, así como de las becas y premios que anualmente otorga.

Por último figura la historia de los sitiales y de los miembros de número que hasta ahora la constituyeron, con la fecha en que fueron designados.

En esta larga lista nos complace el señalar los nombres de dos figuras que perteneciendo a la Academia recibieron el más alto y honroso galardón a que puede hacerse acreedor en el mundo un hombre de ciencia; nos referimos a los Premios Nobel: Bernardo A. Houssay, quien ingresó a la Academia en 1927 y recibió dicho premio en 1948, y a Luis F. Leloir, el cual pertenece a ella desde 1959 y fue premiado en el año 1970.

Es nuestro anhelo y deseo que quienes pertenecen ya a la Academia Nacional de Medicina encuentren, en este trabajo, fuente de inspiración y de estudio para enriquecer su historia y proseguir a su engrandecimiento; y para aquellos que ingresen a la misma conozcan la trascendencia y la proyección de sus actividades hacia el campo de la cultura, el progreso y el prestigio de la medicina nacional.

Sólo nos resta agradecer íntimamente a las autoridades y al cuerpo académico el haber decidido que esta obra sea costeada con los fondos de la Institución a la cual, desde ya, la le pertenece.

MARCIAL I. QUIROGA. Noviembre de 1972."